Y marchó con pesadumbre.

Era incapaz de hablar de su pasado. Prefería hacer que no existía. Era una de aquellas situaciones tan habitual como conocida en las que llenar el tiempo y conocer nuevas personas sirviera de una medicina definitiva al pasado. Pero el poso y el peso del pasado seguirían allí. Amenazantes sin dar crédito a lo nuevo y sin dejar salir a lo viejo. Construir sobre unos cimientos viejos y desvencijados eran síntoma de debilidad de pobreza y de pérdida. Tardó o poco a poco volverían las noches de insomnio y la imposibilidad de encontrar una paz interior duradera. A día y vuelta que pasaba ese desasosiego se transformaba en desazón para los demás, así que la gracia se convertía en un puntual y la llevanza en dinámica de lo pobre, con superficialidad.

Habían pasado los años y nada había cambiado. Ese sabor ya rancio, caduco y trasnochado que sólo de visita soportable con una educada risa. La pena embargaba el final del día al ver a quien otro momento pudo reír desde el corazón ahora con una risa mortecina, lejana sin vida alguna.

Poco nada se aprendió de aquellas horas bajas. Poco o nada se tejió de fuerza. Poco o nada se depuró lo malo y se hizo fuerte en lo bueno.

Ahora cuando se suma al viento, a la grandeza y a la gloria todo son vítores. Antaño eran horas de júbilo compartido. Hoy la visita aunque fuera obligada no se convertiría en realidad. Era una figura cuya sombra era tan alargada como la negrura de su poso. Era hora de olvidar. Era hora de descargar. Era hora para apartar

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